sábado, 7 de febrero de 2015

Publicación de la Sangre del Olimpo (Español)



UN EJÉRCITO DE GIGANTES.
DOS BATALLAS A VIDA O MUERTE.
Y SIETE HÉROES DISPUESTOS A IMPEDIR EL FIN DEL MUNDO.

Después de una larga espera, finalmente podremos apreciar el capitulo final de la saga en su traducción oficial al ESPAÑOL! Y sobretodo conseguir el libro físico! 
A partir del 12 de Febrero La Sangre del Olimpo llegará en las librerías de España, y desde España será enviado a los demás países de Latinoamerica, como México, Argentina, Chile , Venezuela etc... aunque con unos meses de retraso. No conozco las fechas de lanzamiento de los demás paises, tendremos que esperar noticias después de la publicación en España.



Los tripulantes del Argo 2 han salido victoriosos de sus misiones, pero están lejos de derrotar a Gea, la madre Tierra. Ella ha conseguido alzar a todos sus gigantes y planea sacrificar a dos semidioses en la festividad de Spes: necesita su sangre, la sangre del Olimpo, para despertar.


Por otro lado, la legión romana del Campamento Júpiter, liderada por Octavio, está cada día más cerca del Campamento Mestizo. La Atenea Partenos deberá dirigirse al oeste para impedir la guerra entre los campamentos, mientras el Argos II navega hacia Atenas… ¿Cómo podrán los jóvenes semidioses derrotar a los gigantes de Gea? Ya han sacrificado demasiado, pero si Gea despierta… será el final.


NEWS

IV Annabeth

Annabeth deseaba odiar la Nueva Roma.

Pero como arquitecta en ciernes, no podía por menos que admirar los jardines terraplenados, las fuentes y los templos, las serpenteantes calles adoquinadas y las relucientes casas de campo blancas. Después de la guerra de los titanes que había tenido lugar el año anterior, había conseguido el trabajo de sus sueños: rediseñar los palacios del monte Olimpo. Pero entonces, andando por aquella ciudad en miniatura, no dejaba de pensar: «Debería haber construido una cúpula como esa. Me encanta la forma en que esas columnas dan entrada al patio». Estaba claro que quien había diseñado la Nueva Roma había dedicado mucho tiempo y amor al proyecto.

     —Tenemos los mejores arquitectos y albañiles del mundo —dijo Reyna, como si le estuviera leyendo el pensamiento—. Roma siempre los tuvo en la Antigüedad. Muchos semidioses se quedan a vivir aquí después de su período en la legión. Van a nuestra universidad. Echan raíces y forman familias. A Percy pareció interesarle ese aspecto.

Annabeth se preguntó qué significaba eso. Debió de fruncir el ceño más de la cuenta porque Reyna se rió.

     —Ya lo creo que eres una guerrera —dijo la pretora—. Tienes fuego en los ojos.
     —Lo siento.
Annabeth trató de suavizar su mirada furiosa.
     —No lo sientas. Soy hija de Belona.
     —¿La diosa romana de la guerra?

Reyna asintió con la cabeza. Se volvió y silbó como si estuviera pidiendo un taxi. Un instante después, dos perros metálicos corrieron hacia ellas: unos galgos mecánicos, uno de plata y otro de oro. Rozaron las piernas de Reyna al pasar y observaron a Annabeth con unos brillantes ojos de rubíes.
     —Mis mascotas —explicó Reyna—. Aurum y Argentum. ¿Te importa si vienen con nosotras?

De nuevo, Annabeth tuvo la sensación de que no era realmente una petición. Se fijó en que los galgos tenían unos dientes como puntas de flecha de acero. Puede que dentro de la ciudad no estuvieran permitidas las armas, pero las mascotas de Reyna podían hacerla pedazos si les venía en gana.
Reyna la llevó a un café con terraza cuyo camarero obviamente la conocía. Sonrió y le dio un vaso para llevar, y acto seguido ofreció otro a Annabeth.
     —¿Te apetece? —preguntó Reyna—. Preparan un chocolate caliente delicioso. La verdad es que no es una bebida romana…
     —Pero el chocolate es universal —dijo Annabeth.
     —Exacto.

     Era una cálida tarde de junio, pero Annabeth aceptó el vaso con gratitud. Las dos siguieron andando, mientras los perros de oro y de plata de Reyna rondaban cerca.
     —En nuestro campamento, Atenea es Minerva —dijo Reyna—. ¿Sabes en qué se diferencia su forma romana?
Lo cierto era que Annabeth no lo había pensado. Recordó que Término había llamado a Atenea «esa» diosa, como si fuera escandalosa. Octavio se había comportado como si la mera existencia de Annabeth fuera un insulto.
     —Supongo que Minerva no es… tan respetada aquí.
Reyna sopló el humo de su vaso.

     —Respetamos a Minerva. Es la diosa de las artes y la sabiduría… pero en realidad no es una diosa de la guerra. No para los romanos. También es una diosa doncella, como Diana… la que vosotros llamáis Artemisa. No encontrarás ningún hijo de Minerva aquí. La idea de que Minerva tenga hijos… Sinceramente, es un poco escandalosa para nosotros.
     —Ah.

     Annabeth notó que se ruborizaba. No quería entrar en detalles sobre los hijos de Atenea, que nacían directamente de la mente de la diosa, como la propia Atenea había brotado de la cabeza de Zeus. A Annabeth siempre le cohibía hablar del tema porque se sentía como si fuera un bicho raro. La gente solía preguntarle si tenía ombligo o no, ya que había nacido por arte de magia. Por supuesto que tenía ombligo. Aunque no podía explicar cómo. Lo cierto era que no quería saberlo.
   
     —Tengo entendido que los griegos no veis las cosas de la misma forma —continuó Reyna—. Pero los romanos nos tomamos los votos de castidad muy en serio. Las vestales, por ejemplo… Si rompieran sus votos y se enamoraran de alguien, serían enterradas vivas. Así que la idea de que una diosa virgen tenga hijos…
     —Ya lo pillo. —De repente, el chocolate caliente de Annabeth le supo a tierra. No le extrañaba que los romanos la hubieran estado mirando mal—. Yo no debería existir. Y aunque en vuestro campamento hubiera hijos de Minerva…
     —No serían como tú —dijo Reyna—. Podrían ser artesanos, artistas, incluso consejeros, pero no guerreros. No podrían ser líderes de misiones peligrosas.
Annabeth se disponía a protestar diciendo que ella no era la líder de la misión. Oficialmente, no. Pero se preguntó si sus amigos del Argo II opinarían lo mismo. Durante los últimos días habían acudido a ella para que les diera órdenes; hasta Jason, que podría haberse aprovechado de su rango superior como hijo de Júpiter, y el entrenador Hedge, que no recibía órdenes de nadie.
     —Hay algo más. —Reyna chasqueó los dedos y su perro dorado, Aurum, se acercó trotando. La pretora le acarició las orejas—. La arpía Ella… ha recitado una profecía. Las dos lo sabemos, ¿verdad?
     Annabeth tragó saliva. Había algo en los ojos de rubíes de Aurum que la inquietaba. Había oído que los perros eran capaces de oler el miedo, incluso también de detectar cambios en la respiración y en los latidos del corazón de los humanos. No sabía si eso se podía aplicar a los perros de metal mágicos, pero decidió que lo mejor sería decir la verdad.
     —Parecía una profecía —reconoció—. Pero yo no he conocido a Ella hasta hoy, y tampoco había oído exactamente esos versos.
     —Yo sí —murmuró Reyna—. Por lo menos algunos…
El perro de plata ladró a escasa distancia. Un grupo de niños salió en tropel de un callejón cercano y se reunió alrededor de Argentum, acariciando al perro y riéndose, sin inmutarse ante sus afilados dientes.
     —Deberíamos seguir adelante —dijo Reyna.
Avanzaron serpenteando por la colina. Los galgos las siguieron y dejaron atrás a los niños. Annabeth no dejaba de mirar la cara de Reyna. Un vago recuerdo empezó a despertar en ella: la forma en que Reyna se recogía el pelo detrás de la oreja, su anillo de plata con un dibujo de una antorcha y una espada…
     —Hemos coincidido antes —se aventuró a decir Annabeth—. Eras más joven, creo.
Reyna le dedicó una sonrisa irónica.
     —Muy bien. Percy no se acordaba de mí. Claro que tú hablaste más con mi hermana mayor Hylla, que ahora es la reina de las amazonas. Se ha marchado esta misma mañana, antes de que vosotros llegarais. En cualquier caso, la última vez que nos vimos, yo era solo una criada de la casa de Circe.
     —Circe…

     Annabeth recordó su viaje a la isla de la hechicera. Tenía trece años. El mar de los Monstruos los había arrastrado hasta la orilla, a ella y a Percy. Hylla les había dado la bienvenida. Había ayudado a Annabeth a lavarse y le había ofrecido un precioso vestido nuevo y una sesión completa de maquillaje y peluquería. Luego Circe había soltado su rollo publicitario, intentando convencer a Annabeth de que si se quedaba en la isla, podría recibir formación mágica y un poder increíble. Annabeth se había sentido tentada, tal vez demasiado, hasta que se dio cuenta de que el lugar era una trampa y Percy se había transformado en roedor. (La última parte parecía divertida al recordarla, pero en su momento fue aterradora.) Respecto a Reyna, había sido una de las criadas que habían peinado a Annabeth.

     —Tú… —dijo Annabeth, asombrada—. ¿Y Hylla es la reina de las amazonas? ¿Cómo habéis…?
     —Es una larga historia —dijo Reyna—. Pero te recuerdo bien. Fuiste valiente. Nunca había visto a alguien que rechazara la hospitalidad de Circe, y mucho menos que fuera más lista que ella. No me extraña que Percy te quiera.
Tenía un tono de voz triste. A Annabeth le pareció más prudente no responder.
Llegaron a la cima de la colina, donde había una terraza con vistas a todo el valle.
     —Este es mi sitio favorito —dijo Reyna—. El Jardín de Baco.
Espalderas de parras formaban un dosel elevado. Las abejas zumbaban entre la madreselva y los jazmines, que impregnaban el aire de la tarde de una embriagadora mezcla de perfumes. En medio de la terraza se levantaba una estatua de Baco en una especie de postura de ballet, sin otra vestimenta que un taparrabos, con las mejillas hinchadas y los labios fruncidos desde los que manaba un chorro de agua a una fuente.

     A pesar de sus preocupaciones, Annabeth estuvo a punto de echarse a reír. Conocía la forma griega del dios, Dioniso… o señor D, como lo llamaban en el Campamento Mestizo. Ver al viejo cascarrabias que dirigía su campamento inmortalizado en piedra, vestido con un pañal y echando agua por la boca le hizo sentirse un poco mejor.
Reyna se detuvo en el borde de la terraza. La vista merecía la ascensión. Toda la ciudad se extendía debajo como un mosaico tridimensional. Hacia el sur, más allá del lago, había un grupo de templos encaramados en una colina. Hacia el norte, un acueducto avanzaba hacia las colinas de Berkeley. Cuadrillas de trabajadores reparaban una sección rota, probablemente dañada en el transcurso de la reciente batalla.
     —Quería oírla de tus labios —dijo Reyna.
Annabeth se volvió.
     —¿Oír qué?
     —La verdad —contestó Reyna—. Convénceme de que no estoy cometiendo un error fiándome de ti. Háblame de ti. Háblame del Campamento Mestizo. Tu amiga Piper es una hechicera de las palabras. Pasé bastante tiempo con Circe para reconocer a alguien que tiene poder de persuasión cuando lo oigo. No me fío de lo que dice. Y Jason… bueno, ha cambiado. Parece distante, como si ya no fuera del todo romano.

     Su voz reflejaba un dolor muy intenso. Annabeth se preguntó si ella también se había mostrado así durante todos los meses que había pasado buscando a Percy. Por lo menos había encontrado a su novio. Reyna no tenía novio. Sobre sus hombros recaía la responsabilidad de dirigir un campamento entero ella sola. Annabeth percibía que Reyna deseaba que Jason la amara. Pero había desaparecido y había vuelto con otra novia. Mientras tanto, Percy había ascendido a pretor, pero también había rechazado a Reyna. Y ahora Annabeth había venido para llevárselo. Reyna se quedaría otra vez sola, cargando con un trabajo pensado para dos personas.

     Cuando Annabeth había llegado al Campamento Júpiter, estaba preparada para negociar con Reyna, e incluso para pelearse con ella si era necesario. Sin embargo, no estaba preparada para compadecerse de ella.
     Mantuvo ocultas sus emociones. Reyna no le parecía alguien que apreciara la compasión.
   
En lugar de eso, le hizo a Reyna un resumen de su vida. Le habló de su padre, de su madrastra y de sus dos hermanastros de San Francisco, y le explicó que siempre se había sentido una extraña en su propia familia. Le reveló que se había fugado cuando solo tenía siete años, que había encontrado a sus amigos Luke y Thalia, y que se habían dirigido al Campamento Mestizo en Long Island. Le describió el campamento y los años en los que había crecido allí. Le relató cómo había conocido a Percy y las aventuras que habían vivido juntos.
     Reyna sabía escuchar.
Annabeth estuvo tentada de hablarle de sus problemas recientes: la pelea con su madre, el regalo de la moneda de plata y las pesadillas acerca de un antiguo temor tan paralizante que había estado a punto de renunciar a participar en la misión. Pero no se sentía con el valor suficiente para abrirse tanto.
     Cuando Annabeth hubo terminado de hablar, Reyna contempló la Nueva Roma. Sus galgos metálicos husmeaban por el jardín, intentando morder a las abejas que libaban en la madreselva. Finalmente, Reyna señaló con el dedo el grupo de templos situados sobre la apartada colina.
     —¿Ves el pequeño edificio rojo del norte? —dijo—. Es el templo de mi madre, Belona. —Reyna se volvió hacia Annabeth—. A diferencia de tu madre, Belona no tiene equivalente griego. Es romana al cien por cien. Es la diosa de la protección de la patria.
Annabeth no dijo nada. Sabía muy poco sobre la diosa romana. Ojalá se hubiera informado, pero el latín nunca le había resultado tan fácil como el griego. Abajo, el casco del Argo II relucía mientras flotaba sobre el foro, como un enorme globo de fiesta hecho de bronce.
     —Cuando los romanos vamos a la guerra, visitamos antes el templo de Belona —continuó Reyna—. El interior es una parcela de terreno simbólico que representa el suelo enemigo. Lanzamos una lanza a ese terreno para indicar que estamos en guerra. Los romanos siempre hemos creído que el ataque es la mejor defensa. En la Antigüedad, cuando nuestros antepasados se sentían amenazados por sus vecinos, los invadían para protegerse.
     —Conquistaron a todos los pueblos que les rodeaban —dijo Annabeth—. Los cartagineses, los galos…
     —Y los griegos. —Reyna dejó el comentario en el aire—. Lo que quiero decir, Annabeth, es que no está en la naturaleza de Roma colaborar con otras potencias. Cada vez que los semidioses griegos y romanos hemos coincidido, hemos luchado. Los conflictos entre los dos bandos han dado lugar a algunas de las guerras más terribles de la historia de la humanidad; sobre todo, guerras civiles.
     —No tiene por qué ser así —repuso Annabeth—. Tenemos que trabajar codo con codo o Gaia nos destruirá a ambos.
     —Estoy de acuerdo —dijo Reina—. Pero ¿es posible la cooperación? ¿Y si el plan de Juno no es acertado? Hasta las diosas pueden cometer errores.
     Annabeth esperó a que Reyna cayera fulminada por un rayo o se convirtiera en un pavo, pero no pasó nada.
     Lamentablemente, Annabeth tenía los mismos temores que Reyna. Efectivamente, Hera cometía errores. Aquella diosa despótica no había dado más que problemas a Annabeth, y jamás perdonaría a Hera por llevarse a Percy, aunque fuera por una causa noble.
     —Yo no me fío de la diosa —reconoció Annabeth—. Pero sí me fío de mis amigos. No es una trampa, Reyna. Podemos trabajar juntos.

     Reyna se terminó su chocolate. Dejó el vaso sobre la barandilla de la terraza y contempló el valle como si se estuviera imaginando líneas de batalla.
     —Te creo —dijo—. Pero si vas a las tierras antiguas, sobre todo a Roma, hay algo que debes saber acerca de tu madre.
A Annabeth se le pusieron los hombros rígidos.
     —¿Mi… mi madre?
     —Cuando vivía en la isla de Circe recibíamos muchas visitas —dijo Reyna—. Una vez, más o menos un año antes de que tú y Percy llegarais, un joven fue arrastrado por el mar hasta la orilla. Estaba medio desquiciado por la sed y el sol. Había estado yendo a la deriva durante días. Sus palabras no tenían mucho sentido, pero dijo que era hijo de Atenea.

     Reyna hizo una pausa, como si esperara una reacción. Annabeth no tenía ni idea de quién podía ser el chico en cuestión. No le constaba que otros hijos de Atenea hubieran emprendido una misión en el mar de los Monstruos, pero aun así le invadió el miedo. La luz que se filtraba a través de las vides hacía que las sombras se retorcieran en el suelo como un enjambre de bichos.
     —¿Qué fue de ese semidiós? —preguntó.
Reyna agitó la mano como si fuera una pregunta trivial.
     —Por supuesto, Circe lo transformó en un conejillo de Indias. Era un roedor de lo más extraño. Pero antes de eso, no paraba de hablar de su misión fallida. Afirmaba que había ido a Roma siguiendo la Marca de Atenea.
Annabeth se agarró a la barandilla para mantener el equilibrio.
     —Sí —dijo Reyna, al ver su inquietud—. No paraba de murmurar sobre la hija de la sabiduría, la Marca de Atenea y el azote de los gigantes pálido y dorado. Los mismos versos que acaba de recitar Ella. ¿Y dices que no los habías oído hasta hoy?
     —No… no como los ha pronunciado Ella.
La voz de Annabeth sonaba débil. No mentía. Nunca había oído la profecía, pero su madre le había mandado que siguiera la Marca de Atenea, y al pensar en la moneda que llevaba en el bolsillo, una terrible sospecha empezó a arraigar en su mente. Se acordó de las palabras mordaces de su madre. Pensó en las extrañas pesadillas que estaba teniendo últimamente.
     —¿Explicó ese semidiós… en qué consistía su misión?
Reyna negó con la cabeza.
     —En esa época yo no tenía ni idea de lo que hablaba. Mucho más tarde, cuando me convertí en pretora del Campamento Júpiter, empecé a sospechar.
     —Sospechar… ¿qué?
     —Hay una antigua leyenda que los pretores del Campamento Júpiter se han ido transmitiendo a lo largo de los siglos. De ser cierta, podría explicar por qué los dos grupos de semidioses nunca han sido capaces de trabajar juntos. Podría ser la causa de nuestra animosidad. Según la leyenda, hasta que esa vieja cuenta se salde, romanos y griegos no estarán en paz. Y la leyenda se centra en Atenea…
     Un sonido estridente hendió el aire. Annabeth vio un destello de luz con el rabillo del ojo.
Se volvió a tiempo para ver cómo una explosión abría un nuevo cráter en el foro. Un sofá en llamas voló por los aires. Los semidioses se dispersaron presas del pánico.
     —¿Gigantes? —Annabeth alargó la mano para coger su daga, pero no la llevaba encima—. ¡Creía que su ejército había sido vencido!
     —No son los gigantes. —Los ojos de Reyna echaban chispas de ira—. Has traicionado nuestra confianza.
     —¿Qué? ¡No!
En cuanto lo dijo, el Argo II lanzó otra descarga. Su ballesta de babor disparó una enorme lanza envuelta en fuego griego que atravesó la cúpula destruida del senado, estalló en el interior e iluminó el edificio como una calabaza de Halloween. Si hubiera habido alguien dentro…

     —Dioses, no. —Annabeth sufrió un acceso de náuseas, y por poco no se le doblaron las rodillas—. No es posible, Reyna. ¡Nosotros nunca haríamos esto!
Los perros metálicos acudieron corriendo al lado de su ama. Gruñeron a Annabeth, pero se paseaban con aire indeciso, como si se resistieran a atacar.
     —Estás diciendo la verdad —consideró Reyna—. Puede que tú no fueras consciente de la traición, pero alguien debe pagar por ella.
En el foro, el caos se estaba extendiendo. Las multitudes se empujaban y arrollaban. Estaban empezando a producirse peleas a puñetazos.
     —Es una masacre —dijo Reyna.
     —¡Tenemos que detenerla!
Annabeth tenía la horrible sensación de que podía ser la última vez que Reyna y ella actuaran de acuerdo, pero corrieron juntas colina abajo.
Si hubiera estado permitido tener armas en la ciudad, los amigos de Annabeth ya habrían estado muertos. Los semidioses romanos del foro se habían juntado y se habían convertido en una turba furiosa. Algunos lanzaban platos, comida y piedras al Argo II, una medida inútil, ya que la mayoría de las cosas volvían a caer entre el gentío.
     Varias docenas de romanos habían rodeado a Piper y a Jason, que estaban intentando tranquilizarlos sin mucha suerte. La embrujahabla de Piper no servía de nada contra tantos semidioses chillones y coléricos. A Jason le sangraba la frente. Su capa morada había acabado hecha jirones. No paraba de decir: «¡Estoy de vuestra parte!», pero su camiseta naranja del Campamento Mestizo no ayudaba a mejorar la situación; ni tampoco el buque de guerra que flotaba en lo alto, disparando lanzas en llamas contra la Nueva Roma. Una cayó cerca y convirtió en escombros una tienda de togas.
     —¡Por las hombreras de Plutón! —exclamó Reyna—. Mira.
Unos legionarios armados se dirigían a toda prisa al foro. Dos dotaciones de artillería habían colocado catapultas fuera de la línea del pomerio y se estaban preparando para disparar al Argo II.
     —Eso no hará más que empeorar las cosas —dijo Annabeth.
     —Odio mi trabajo —gruñó Reyna.
Se fue corriendo hacia los legionarios, con los perros a su lado.
«Percy —pensó Annabeth, escudriñando desesperadamente el foro—. ¿Dónde estás?»
     Dos romanos intentaron agarrarla. Ella los esquivó y se lanzó a la multitud. Por si los romanos furiosos, los sofás quemados y los edificios que explotaban no creaban suficiente confusión, cientos de fantasmas morados deambulaban por el foro, atravesando directamente los cuerpos de los semidioses y gimiendo de forma incoherente. Los faunos también habían aprovechado el caos. Pululaban alrededor de las mesas, cogiendo comida, platos y vasos. Uno pasó trotando junto a Annabeth con los brazos cargados de tacos y una piña entera entre los dientes.
     Una estatua de Término apareció acompañada de un estallido justo delante de Annabeth. Se puso a gritarle en latín, llamándola seguramente mentirosa y transgresora de normas, pero ella derribó la estatua y siguió corriendo.
     Por fin vio a Percy. Él y sus amigos Hazel y Frank estaban en medio de una fuente mientras Percy rechazaba a los furiosos romanos con chorros de agua. La toga de Percy estaba hecha jirones, pero él parecía ileso.


     Annabeth lo llamó en el mismo instante en el que otra explosión sacudió el foro. Esta vez el destello de luz brilló justo encima de su cabeza. Una de las catapultas romanas había disparado, y el Argo II crujió y se ladeó, las llamas bullendo sobre su casco revestido de bronce.
     Annabeth se fijó en una figura que se aferraba desesperadamente a la escalera de cuerda tratando de bajar. Era Octavio, con la túnica echando humo y la cara negra del hollín.
     Junto a la fuente, Percy seguía lanzando agua a la turba de romanos. Annabeth echó a correr hacia él, esquivando un puño romano y un plato volador de sándwiches.
     —¡Annabeth! —gritó Percy—. ¿Qué…?
     —¡No lo sé! —contestó ella.
     —¡Yo os diré lo que pasa! —gritó una voz desde abajo. Octavio había llegado al pie de la escalera—. ¡Los griegos han disparado sobre nosotros! ¡Tu amigo Leo ha apuntado sus armas contra Roma!
   
A Annabeth se le llenó el pecho de hidrógeno líquido. Se sentía como si fuera a estallar en un millón de pedazos helados.
     —Mientes —dijo—. Leo nunca…
     —¡Yo estaba allí! —chilló Octavio—. ¡Lo he visto con mis propios ojos!
El Argo II
devolvió el fuego. Los legionarios que había en el campo se dispersaron cuando una de sus catapultas se hizo astillas.
     —¿Lo ves? —gritó Octavio—. ¡Romanos, matad a los invasores!
   
Annabeth gruñó de la frustración. No había tiempo para descubrir la verdad. Los enemigos eran cien veces más que la tripulación del Campamento Mestizo, y aunque Octavio se las hubiera ingeniado para organizar una trampa (cosa que Annabeth creía probable), antes de que pudieran convencer a los romanos serían vencidos y eliminados.
     —Tenemos que marcharnos —le dijo a Percy—. Ya.
Él asintió con la cabeza seriamente.
     —Hazel, Frank, tenéis que tomar una decisión. ¿Venís con nosotros?
Hazel parecía aterrada, pero se puso su yelmo de la caballería.
     —Pues claro. Pero no llegaréis al barco a menos que ganemos algo de tiempo.
     —¿Cómo? —preguntó Annabeth.

     Hazel silbó. Inmediatamente, un destello de color beis atravesó el foro como un rayo. Un majestuoso caballo apareció al lado de la fuente. El animal se empinó, relinchó y dispersó a la multitud. Hazel se subió a su grupa como si hubiera nacido para montar. Sujeta con correas a la silla de montar del caballo había una espada de la caballería romana.
Hazel desenvainó su hoja dorada.
     —Mandadme un mensaje de Iris cuando estéis a salvo, y nos reuniremos con vosotros —dijo—. ¡Corre, Arión!
El caballo pasó zumbando entre el gentío a una velocidad increíble, haciendo retroceder a los romanos y sembrando el pánico colectivo.
Annabeth albergó un rayo de esperanza. Tal vez pudieran salir de allí con vida. Entonces, cuando estaba en mitad del foro, oyó a Jason chillando.
     —¡Romanos! —gritó—. ¡Por favor!
Él y Piper estaban siendo acribillados con platos y piedras. Jason trató de proteger a Piper, pero un ladrillo le dio encima del ojo. Se desplomó, y la multitud se abalanzó sobre ellos.
     —¡Atrás! —gritó Piper.
Su poder de persuasión actuó sobre la multitud y les hizo vacilar, pero Annabeth sabía que el efecto no duraría. Percy y ella no podrían llegar a tiempo para ayudarles.
     —Depende de ti, Frank —dijo Percy—. ¿Puedes ayudarles?

     Annabeth no entendía cómo Frank podría conseguirlo él solo, pero el chico tragó saliva con nerviosismo.
     —Oh, dioses —murmuró—. Vale. Subid a las cuerdas.
Percy y Annabeth se lanzaron hacia la escalera de mano. Octavio seguía aferrándose a la parte inferior, pero Percy lo bajó de un tirón y lo lanzó contra la multitud.
Empezaron a subir mientras los legionarios armados entraban a raudales en el foro. Las flechas pasaban silbando muy cerca de la cabeza de Annabeth. Una explosión estuvo a punto de hacerla caer de la escalera de mano. A mitad de la ascensión, oyó un rugido abajo y miró.
Los romanos gritaron y se dispersaron cuando un dragón de tamaño natural embistió a través del foro: una bestia todavía más espeluznante que el dragón de bronce que hacía las veces de mascarón de proa del Argo II. Tenía la piel áspera y gris, como un dragón de Komodo, y unas alas de murciélago curtidas. Flechas y rocas rebotaban en su pellejo sin causarle el más mínimo daño mientras se dirigía pesadamente hacia Piper y Jason, los cogía con las garras delanteras y los lanzaba al aire.
     —¿Es…?
Annabeth no podía expresar su pensamiento con palabras.
     —Frank —confirmó Percy, a escasa distancia por encima de ella—. Tiene unas cuantas aptitudes especiales.
     —Eso es quedarse corto —murmuró Annabeth—. ¡Sigue subiendo!
Sin el dragón y el caballo de Hazel que distrajeran a los arqueros, no habrían podido subir por la escalera. Finalmente, treparon por encima de una hilera de remos aéreos y subieron a la cubierta. El aparejo se había incendiado. El trinquete estaba roto hasta la mitad, y el barco se escoraba peligrosamente a estribor.
No había ni rastro del entrenador Hedge, pero Leo estaba en mitad del barco, recargando tranquilamente la ballesta. A Annabeth se le revolvieron las entrañas del horror.
     —¡Leo! —gritó—. ¿Qué haces?
     —Destruirlos… —Miró hacia Annabeth. Tenía los ojos vidriosos. Sus movimientos eran como los de un robot—. Destruirlos a todos.
Se volvió de nuevo hacia la ballesta, pero Percy lo placó. La cabeza de Leo cayó con fuerza contra la cubierta, y se le pusieron los ojos en blanco.
El dragón gris apareció surcando el cielo. Rodeó el barco una vez, aterrizó en la proa y depositó a Jason y a Piper, quienes se desplomaron.
     —¡Vamos! —gritó Percy—. ¡Sácanos de aquí!

     Annabeth comprendió asombrada que se dirigía a ella.
Corrió al timón. Cometió el error de mirar por encima del pasamanos y vio a los legionarios armados cerrando filas en el foro y preparando flechas llameantes. Hazel espoleó a Arión, y salieron corriendo de la ciudad perseguidos por una turba. Más catapultas estaban siendo desplazadas para tenerlos a tiro. A lo largo de la línea del pomerio, las estatuas de Término emitían un brillo morado, como si estuvieran acumulando energía para algún tipo de ataque.
   
Annabeth miró los mandos. Maldijo a Leo por hacerlos tan complicados. No había tiempo para maniobras difíciles, pero conocía una orden básica: arriba.
Agarró el mando de gases de aviación y tiró de él hacia atrás. El barco crujió. La proa se inclinó hacia arriba y adoptó un ángulo espeluznante. Las amarras se partieron, y el Argo II salió disparado hacia las nubes.

III Annabeth

Annabeth deseó tener apetito porque los romanos sabían cómo alimentarse.

        Divanes y mesas bajas fueron trasladados al foro hasta que pareció una sala de muestras de muebles. Los romanos permanecían recostados en grupos de diez o veinte, hablando y riéndose mientras unos espíritus del viento —aurae— se arremolinaban en lo alto, llevando un interminable surtido de pizzas, sándwiches, patatas fritas, bebidas frías y galletas recién horneadas. Entre la multitud deambulaban unos fantasmas morados —lares— vestidos con togas y armaduras de legionario. En las inmediaciones del banquete, unos sátiros (no, faunos, pensó Annabeth) trotaban de mesa en mesa, mendigando comida y dinero suelto. En los campos cercanos, el elefante de combate retozaba con la Señora O’Leary, y unos niños jugaban al pilla pilla alrededor de las estatuas de Término que bordeaban el perímetro urbano.
            Toda la escena resultaba tan familiar y al mismo tiempo tan extraña que a Annabeth le producía vértigo.
Lo único que quería era estar con Percy… preferiblemente a solas. Sabía que tendría que esperar. Si querían que su misión tuviera éxito, necesitaban a esos romanos, lo que significaba que tenían que llegar a conocerlos y establecer buenas relaciones.
           Reyna y varios de sus oficiales (incluido Octavio, el chico rubio, que acababa de volver de quemar un oso de peluche para los dioses) estaban sentados con Annabeth y su tripulación. Percy los acompañaba junto con sus dos nuevos amigos, Frank y Hazel.
Mientras un tornado de platos de comida se posaba sobre la mesa, Percy se inclinó y susurró:
          —Quiero enseñarte la Nueva Roma. Solos tú y yo. Este sitio es increíble.
          Annabeth debería haberse emocionado. «Solos tú y yo» era exactamente como ella deseaba estar. Sin embargo, una oleada de rencor le subió por la garganta. ¿Cómo podía Percy hablar con tanto entusiasmo de ese sitio? ¿Y el Campamento Mestizo: su campamento, su hogar?
         Procuró no mirar las nuevas marcas del antebrazo de Percy: un tatuaje con las siglas SPQR como el de Jason. En el Campamento Mestizo, a los semidioses les daban collares para conmemorar los años de instrucción. Allí los romanos te tatuaban a fuego la piel, como si pensaran: «Nos perteneces. Para siempre».
        Reprimió unos comentarios mordaces.
        —Vale.
        —He estado pensando —dijo él nerviosamente—. Se me ha ocurrido una idea…
Se interrumpió cuando Reyna brindó por la amistad.
Después de las presentaciones, los romanos y la tripulación de Annabeth empezaron a intercambiar historias. Jason explicó que había llegado al Campamento Mestizo sin memoria y que había participado en una misión con Piper y Leo para rescatar a la diosa Hera (o Juno, como prefieras; era igual de cargante en la versión griega que en la romana) de la Casa del Lobo, en el norte de California, donde estaba encarcelada.
         —¡Imposible! —intervino Octavio—. Es nuestro lugar más sagrado. Si los gigantes hubieran encerrado a una diosa allí…

         —La habrían destruido —dijo Piper—. Y habrían echado la culpa a los griegos y habrían iniciado una guerra entre los campamentos. Venga, cállate y deja que Jason termine.

Octavio abrió la boca, pero no salió de ella ningún sonido. A Annabeth le encantaba la embrujahabla de Piper. Advirtió que Reyna desplazaba la vista de Jason a Piper una y otra vez y que fruncía el entrecejo, como si estuviera empezando a darse cuenta de que los dos eran pareja.

       —Bueno —continuó Jason—, así es como averiguamos lo de la diosa Gaia. Todavía está medio dormida, pero está liberando a los monstruos del Tártaro y despertando a los gigantes. Porfirio, el líder contra el que luchamos en la Casa del Lobo, dijo que se retiraba a las tierras antiguas: la mismísima Grecia. Tiene pensado despertar a Gaia y destruir a los dioses… ¿cómo dijo? «Arrancando sus raíces.»
Percy asintió con la cabeza, pensativamente.
       —Gaia también ha hecho de las suyas aquí. Nosotros tuvimos nuestro particular encuentro con la reina Cara de Tierra.
       Percy relató su parte de la historia. Explicó que se había despertado en la Casa del Lobo sin más recuerdo que un nombre: Annabeth.
    Cuando Annabeth lo oyó, tuvo que hacer esfuerzos para no llorar. Percy les contó que había viajado a Alaska con Frank y Hazel; que habían vencido al gigante Alcioneo, habían liberado al dios de la muerte Tánatos y habían regresado con el estandarte perdido del águila dorada del campamento para hacer frente al ataque del ejército de los gigantes.
      Cuando Percy hubo terminado, Jason silbó, admirado.
      —No me extraña que te hayan hecho pretor.
Octavio resopló.
      —¡Eso significa que ahora tenemos tres pretores! ¡Las normas estipulan claramente que solo podemos tener dos!
      —Mirando el lado positivo, Jason y yo tenemos un rango superior al tuyo, Octavio —dijo Percy—. Así que los dos podemos decirte que te calles.
Octavio se puso tan morado como una camiseta romana. Jason chocó el puño con Percy.
Hasta Reyna logró sonreír, pese a tener una mirada turbulenta.
       —Tendremos que resolver el problema de los pretores más tarde —dijo—. Ahora mismo tenemos asuntos más serios que tratar.
       —Yo renuncio a favor de Jason —dijo Percy sin problemas—. No tiene importancia.
       —¿Que no tiene importancia? —dijo Octavio con voz ahogada—. ¿Una pretoría de Roma no tiene importancia?
Percy no le hizo caso y se volvió hacia Jason.
       —Así que eres el hermano de Thalia Grace. Vaya. No os parecéis en nada.
       —Sí, ya me he dado cuenta —dijo Jason—. De todas formas, gracias por ayudar a mi campamento mientras estaba fuera. Lo has hecho estupendamente.
       —Lo mismo digo —contestó Percy.
Annabeth le dio una patada en la espinilla. Detestaba interrumpir el incipiente vínculo que se estaba formando entre los dos chicos, pero Reyna estaba en lo cierto: tenían cosas serias que discutir.
       —Deberíamos hablar de la Gran Profecía. Parece que los romanos también la conocéis.
Reyna asintió con la cabeza.
       —Nosotros la llamamos la Profecía de los Siete. Octavio, ¿te la sabes de memoria?
       —Por supuesto —dijo él—. Pero Reyna…
       —Recítala, por favor. En nuestro idioma, no en latín.
Octavio suspiró.
       —«Siete mestizos responderán a la llamada. Bajo la tormenta o el fuego, el mundo debe caer…»

       —«Un juramento que mantener con un último aliento —continuó Annabeth—. Y los enemigos en armas ante las Puertas de la Muerte.»

      Todo el mundo se la quedó mirando menos Leo, quien había fabricado un molinete con los envoltorios de papel de aluminio de los tacos y lo estaba colocando entre los espíritus del viento que pasaban.
Annabeth no estaba segura de por qué había soltado los versos de la profecía. Simplemente se había visto en la obligación de hacerlo.
El chico corpulento, Frank, se inclinó hacia delante, mirándola fascinado, como si a Annabeth le hubiera salido un tercer ojo.
      —¿Es cierto que eres hija de Min… digo, de Atenea?
      —Sí —respondió ella, poniéndose de repente a la defensiva—. ¿Por qué te sorprende tanto?
Octavio se burló.
      —Si realmente eres hija de la diosa de la sabiduría…
      —Basta —le espetó Reyna—. Annabeth no miente. Ha venido en son de paz. Además… —Lanzó a regañadientes una mirada de respeto a Annabeth—, Percy ha hablado muy bien de ti.
      Annabeth tardó un momento en descifrar los matices de la voz de Reyna. Percy bajó la vista, repentinamente interesado en su hamburguesa con queso.
Annabeth notó que la cara se le encendía. Oh, dioses… Reyna le había tirado los tejos a Percy. Eso explicaba el deje de amargura, incluso de envidia, de sus palabras. Él la había rechazado por Annabeth.
En ese momento, Annabeth disculpó a su ridículo novio todas las cosas que había hecho mal. Quería abrazarlo, pero se obligó a mantener la compostura.
      —Gracias —le dijo a Reyna—. Por lo menos, una parte de la profecía se está aclarando. «Los enemigos en armas ante las Puertas de la Muerte…» hace referencia a griegos y romanos. Tenemos que unir fuerzas para encontrar esas puertas.
Hazel, la chica con el yelmo de la caballería y el cabello largo y rizado, cogió algo situado junto a su plato. Parecía un gran rubí, pero antes de que Annabeth pudiera asegurarse, Hazel se lo guardó en el bolsillo de su camisa tejana.
      —Mi hermano, Nico, ha ido a buscar las puertas —dijo.
      —Un momento —intervino Annabeth—. ¿Nico di Angelo? ¿Es tu hermano?
Hazel asintió, como si fuera algo evidente. Una docena de preguntas más asaltaron a Annabeth, pero la cabeza le estaba dando vueltas como el molinete de Leo. Decidió dejar correr el asunto por el momento.
      —Está bien. ¿Qué decías?
      —Ha desaparecido. —Hazel se humedeció los labios—. Me temo… no estoy segura, pero creo que le ha pasado algo.
      —Lo buscaremos —le prometió Percy—. De todas formas, tenemos que encontrar las Puertas de la Muerte. Tánatos nos dijo que encontraríamos las respuestas en Roma… la Roma original, quiero decir. Está camino de Grecia, ¿no?
      —¿Tánatos os dijo eso? —Annabeth trató de asimilar la idea—. ¿El dios de la muerte?
Ella había conocido a muchos dioses, incluso había estado en el inframundo, pero la historia de Percy sobre la liberación de la encarnación de la muerte le había provocado escalofríos.
Percy mordió su hamburguesa.
      —Ahora que la Muerte está libre, los monstruos se desintegrarán y regresarán al Tártaro como antes. Pero mientras las Puertas de la Muerte estén abiertas, seguirán volviendo.
Piper retorció la pluma que llevaba en el pelo.
      —Como agua filtrándose por un dique —apuntó.
      —Sí. —Percy sonrió—. Tenemos un agujero en el dique.

      —¿Qué? —preguntó Piper.

      —Nada —dijo él—. Lo importante es que tenemos que encontrar las puertas y cerrarlas antes de ir a Grecia. Es la única forma de vencer a los gigantes y de asegurarnos de que no se recuperarán.
Reyna cogió una manzana de una bandeja con fruta que pasó junto a ella. La giró entre sus dedos, examinando la superficie de color rojo oscuro.
      —Propones que emprendamos una expedición a Grecia en vuestro buque de guerra. ¿Eres consciente de lo peligrosas que son las tierras antiguas y el Mare Nostrum?
      —¿El Mare qué? —preguntó Leo.
      —El Mare Nostrum —explicó Jason—. «Nuestro mar.» Es como los romanos antiguos llamaban al Mediterráneo.
Reyna asintió.
      —El territorio que antiguamente formaba el Imperio romano no solo es el lugar de origen de los dioses. También es el hogar de los antepasados de los monstruos, los titanes y los gigantes… y cosas peores. Por muy peligroso que sea para los semidioses viajar por aquí, en Estados Unidos, allí será diez veces peor.
      —Dijiste que Alaska era muy peligrosa —le recordó Percy—. Y hemos sobrevivido.
Reyna sacudió la cabeza. Sus uñas dejaban pequeñas medialunas en la manzana al girarla.
      —El grado de peligro de viajar por el Mediterráneo es totalmente distinto, Percy. Durante siglos, ha estado prohibido a los semidioses. Ningún héroe en su sano juicio iría allí.
      —¡Entonces estamos de suerte! —Leo sonrió por encima de su molinete—. Porque todos estamos locos, ¿verdad? Además, el Argo II es un buque de guerra de primera. Nos llevará sin problemas.
      —Tendremos que darnos prisa —añadió Jason—. No sé qué traman exactamente los gigantes, pero Gaia está cada vez más consciente. Está invadiendo sueños, apareciendo en lugares extraños, invocando monstruos cada vez más poderosos. Tenemos que detener a los gigantes antes de que la despierten del todo.
Annabeth se estremeció. Últimamente había tenido bastantes pesadillas.
      —«Siete mestizos responderán a la llamada» —dijo—. Tiene que ser una combinación de nuestros dos campamentos. Jason, Piper, Leo y yo. Somos cuatro.
      —Y yo —dijo Percy—. Además de Hazel y Frank. Sumamos siete.
      —¿Qué? —Octavio se levantó de golpe—. ¿Tenemos que aceptar eso? ¿Sin someterlo a voto en el senado? ¿Sin debatirlo como es debido? ¿Sin…?
—¡Percy!
      Tyson el cíclope se dirigió a ellos dando brincos seguido de cerca por la Señora O’Leary. Sobre el lomo de la perra infernal se hallaba posada la arpía más flaca que Annabeth había visto en su vida: una chica de aspecto enfermizo con el cabello pelirrojo lacio, un vestido de arpillera y alas con plumas rojas.
      Annabeth no sabía de dónde había salido la arpía, pero le alegró el corazón ver a Tyson con una camisa de franela, unos tejanos raídos y el estandarte con las siglas SPQR sobre el pecho. Había vivido experiencias muy malas con los cíclopes, pero Tyson era un encanto.       Además, era medio hermano de Percy (una larga historia), lo que lo convertía casi en su pariente.
Tyson se detuvo junto a su diván y retorció sus manos rollizas.
      —Ella está asustada —dijo.
      —S-s-se acabaron los barcos —murmuró la arpía para sí, toqueteándose furiosamente las plumas—. El Titanic, el Lusitania, el Pax… Los barcos no son para las arpías.

Leo entornó los ojos. Miró a Hazel, que estaba sentada a su lado.

      —¿Esa chica gallina acaba de comparar mi barco con el Titanic?

      —No es una gallina. —Hazel apartó la vista, como si Leo la pusiera nerviosa—. Ella es una arpía. Solo es un poco… nerviosa.
      —Ella es guapa —dijo Tyson—. Y tiene miedo. Tenemos que llevárnosla, pero no quiere ir en el barco.
      —Nada de barcos —declaró Ella. Miró directamente a Annabeth—. Mala suerte. Ahí está. «La hija de la sabiduría anda sola…»
      —¡Ella! —Frank se levantó súbitamente—. Tal vez no sea el mejor momento…
      —«La Marca de Atenea arde a través de Roma —continuó Ella, tapándose los oídos con las manos y alzando la voz—. Los gemelos apagarán el aliento del ángel, que posee la llave de la muerte interminable. El azote de los gigantes es pálido y dorado, obtenido con dolor en un presidio hilado.»
El efecto fue similar al que habría producido una granada de fogueo lanzada sobre la mesa. Todo el mundo se quedó mirando a la arpía. Nadie dijo nada. A Annabeth le latía el corazón con fuerza. «La Marca de Atenea…» Resistió el impulso de mirar en su bolsillo, pero notó que la moneda de plata, el regalo maldito de su madre, se calentaba. «Sigue la Marca de Atenea. Véngame.»
Alrededor de ellos, los sonidos del banquete proseguían, pero apagados y lejanos, como si su pequeño grupo de divanes hubiera entrado en una dimensión más silenciosa.
Percy fue el primero en recuperarse. Se levantó y agarró el brazo de Tyson.
      —¡Ya lo sé! —dijo con falso entusiasmo—. ¿Por qué no os lleváis tú y la Señora O’Leary a Ella a tomar el fresco…?
      —Un momento. —Octavio agarró uno de sus osos de peluche y lo estranguló con las manos temblorosas. Tenía la vista clavada en Ella—. ¿Qué ha dicho? Parecía…
      —Ella lee mucho —soltó Frank—. La encontramos en una biblioteca.
      —¡Sí! —convino Hazel—. Debe de ser algo que ha leído en un libro.
      —Libros —murmuró Ella para ayudar—. A Ella le gustan los libros.
Después de haber recitado los versos, la arpía parecía más relajada. Se quedó sentada con las piernas cruzadas sobre el lomo de la Señora O’Leary, arreglándose las plumas.
Annabeth lanzó a Percy una mirada de curiosidad. Era evidente que él, Frank y Hazel estaban ocultando algo. Igual de evidente que Ella había recitado una profecía: una profecía que le afectaba a ella.
      La expresión de Percy decía: «Socorro».
      —Ha pronunciado una profecía —insistió Octavio—. Parecía una profecía.
Nadie contestó.
Annabeth no estaba del todo segura de lo que ocurría, pero comprendió que Percy estaba a punto de meterse en un buen lío.
Forzó una risa.
      —Ah, ¿sí, Octavio? A lo mejor las arpías son distintas aquí, en el lado romano. Las nuestras tienen la inteligencia justa para limpiar cabañas y preparar comidas. ¿Las vuestras suelen adivinar el futuro? ¿Las consultas para hacer tus augurios?
      Sus palabras ejercieron el efecto deseado. Los oficiales romanos se echaron a reír nerviosamente. 
Algunos evaluaron a Ella y a continuación miraron a Octavio y resoplaron. La idea de que una mujer gallina pronunciara profecías era aparentemente tan ridícula para los romanos como para los griegos.
      —Yo, ejem… —Octavio soltó su oso de peluche—. No, pero…
      —Solo está citando frases de un libro —dijo Annabeth—, como Hazel ha dicho. Además, ya tenemos una profecía por la que preocuparnos.

Se volvió hacia Tyson.

      —Percy tiene razón. ¿Por qué no te llevas a Ella y a la Señora O’Leary y viajáis por las sombras un rato? ¿Te parece bien, Ella?
      —«Los perros grandes son buenos» —dijo Ella—. Fiel amigo, 1957, guión de Fred Gipson y William Tunberg.
Annabeth no supo cómo interpretar la respuesta, pero Percy sonrió como si el problema estuviera resuelto.
      —¡Estupendo! —dijo Percy—. Os enviaremos un mensaje de Iris cuando hayamos terminado y os alcanzaremos.
Los romanos miraron a Reyna, a la espera de su resolución. Annabeth contuvo la respiración.
Reyna tenía una cara de póquer antológica. Observaba a Ella, pero Annabeth no sabía qué estaba pensando.
      —Bien —dijo por fin la pretora—. Marchaos.
      —¡Sí, señora!
Tyson recorrió todos los divanes y dio a todos los presentes un fuerte abrazo, incluso a Octavio, al que no pareció hacerle mucha gracia.
A continuación, se subió al lomo de la Señora O’Leary con Ella, y la perra infernal salió del foro dando saltos. Se lanzaron directos contra una sombra del muro del senado y desaparecieron.
      —Bien. —Reyna dejó su manzana sin comer—. Octavio tiene razón en una cosa. Debemos obtener el visto bueno del senado antes de dejar que ninguno de nuestros legionarios emprenda una misión… sobre todo una tan peligrosa como insinuáis.
      —Todo este asunto me huele a traición —masculló Octavio—. ¡Ese trirreme no es un barco de paz!
      —Sube a bordo, tío —propuso Leo—. Te daré un paseo. Podrás pilotar el barco y, si se te da bien, te daré una gorrita de capitán.
Los orificios nasales de Octavio se ensancharon.
      —¿Cómo te atreves…?
      —Buena idea —dijo Reyna—. Octavio, ve con ellos. Inspecciona el barco. Convocaremos una sesión del senado en una hora.
      —Pero… —Octavio se interrumpió. Al parecer, advirtió por la expresión de Reyna que seguir discutiendo no sería beneficioso para su salud—. De acuerdo.

Leo se levantó. Se volvió hacia Annabeth, y su sonrisa se alteró. Ocurrió tan rápido que Annabeth pensó que lo había imaginado, pero por un instante otra persona pareció ocupar el sitio de Leo, sonriendo fríamente con un brillo cruel en los ojos. Entonces Annabeth parpadeó, y Leo volvió a ser el de siempre, con su sonrisa traviesa.
—Volvemos enseguida —prometió—. Esto va a ser épico.

      Un frío terrible la invadió. Mientras Leo y Octavio se dirigían a la escalera de cuerda, consideró decirles que volvieran… pero ¿cómo podría explicarlo? ¿Cómo podría decirles a todos que se estaba volviendo loca, que veía visiones y notaba frío?
Los espíritus del viento empezaron a retirar los platos.

      —Esto… Reyna, si no te importa, me gustaría enseñarle a Piper todo esto antes de la sesión del senado —dijo Jason—. Es la primera vez que visita la Nueva Roma.
La expresión de Reyna se endureció.

Annabeth se preguntaba cómo Jason podía ser tan corto. ¿Era posible que no fuera consciente de lo mucho que le gustaba a Reyna? A Annabeth le resultaba bastante evidente. Pedirle que le dejara enseñarle la ciudad a su novia era como echar sal en una herida.

      —Claro —dijo Reyna fríamente.
Percy tomó la mano de Annabeth.
—Sí, yo también. Me gustaría enseñarle a Annabeth…
—No —le espetó Reyna.
Percy frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Me gustaría hablar con Annabeth —dijo Reyna—. A solas. Si a ti no te importa, mi colega pretor.
Su tono dejaba claro que no le estaba pidiendo permiso.
Un escalofrío recorrió la columna de Annabeth. Se preguntaba qué tramaba Reyna. Tal vez a la pretora no le gustaba la idea de que dos chicos que la habían rechazado enseñaran la ciudad a sus novias. O tal vez quería decirle algo en privado. En cualquier caso, Annabeth era reacia a quedarse sola y desarmada con la líder romana.

—Ven, hija de Atenea. —Reyna se levantó del sofá—. Acompáñame.

II Annabeth


      Un mar de semidioses agrupados apresuradamente se abrió para dejar paso a Annabeth cuando atravesó el foro. Algunos parecían tensos, otros, nerviosos. Algunos estaban vendados después de su reciente batalla contra los monstruos, pero ninguno estaba armado. Ninguno atacó.

      Familias enteras se habían reunido para ver a los recién llegados. Annabeth vio a parejas con bebés, niños aferrados a las piernas de sus padres, incluso algunos ancianos vestidos con una combinación de túnicas romanas y ropa moderna. ¿Eran semidioses? Annabeth sospechaba que sí, pero nunca había visto un lugar como ese. En el Campamento Mestizo, la mayoría de los semidioses eran adolescentes. Si sobrevivían el tiempo suficiente para acabar la secundaria, tenían dos opciones: quedarse en el campamento como asesores o partir e intentar vivir lo mejor posible en el mundo de los mortales. Allí, en cambio, había toda una comunidad multigeneracional.

      Al fondo de la multitud, Annabeth vio a Tyson, el cíclope, y a la perra infernal de Percy, la Señora O’Leary, que habían formado parte del primer grupo de exploradores del Campamento Mestizo que había llegado al Campamento Júpiter. Parecían exultantes. Tyson saludaba con la mano y sonreía. Llevaba puesto un estandarte con las siglas SPQR como un babero gigantesco.
      Annabeth reparó en lo bonita que era la ciudad: los aromas de las panaderías, las fuentes borboteantes, las flores abriéndose en los jardines. Y la arquitectura… ¡Dioses!, qué arquitectura: columnas de mármol dorado, deslumbrantes mosaicos, arcos monumentales y casas de campo adosadas.
      Delante de ella, los semidioses cedieron el paso a una muchacha con una armadura romana y una capa morada. El cabello moreno le caía sobre los hombros. Sus ojos eran negros como la obsidiana.

Reyna.

Jason se la había descrito a la perfección. Y aunque no lo hubiera hecho, Annabeth la habría identificado como la líder. Tenía la armadura decorada con medallas. Y se movía con tal seguridad que los otros semidioses retrocedían y apartaban la mirada.
Annabeth advirtió otro rasgo en su cara, en la firmeza de su boca y la forma deliberada en que alzaba la barbilla, como si estuviera dispuesta a aceptar cualquier desafío. Reyna estaba forzando una expresión de coraje, al mismo tiempo que reprimía una mezcla de esperanza, preocupación y miedo que no podía mostrar en público.
     Annabeth conocía esa expresión. La veía cada vez que se miraba al espejo.
Las dos chicas se observaron. Los amigos de Annabeth se desplegaron a cada lado de ella. Los romanos murmuraron el nombre de Jason, mirándolo asombrados.

Entonces otra persona apareció entre el gentío, y la mirada de Annabeth se concentró en ella.
Percy le sonrió; aquella sonrisa sarcástica de pendenciero que la había fastidiado durante años, pero que había acabado resultándole entrañable. Sus ojos verde mar eran tan bonitos como los recordaba. Llevaba el cabello moreno peinado hacia un lado, como si viniera de dar un paseo por la playa. Estaba todavía más guapo que hacía seis meses: más moreno y más alto, más esbelto y más musculoso.
      Annabeth se quedó tan pasmada que fue incapaz de moverse. Tenía la sensación de que si se acercaba a él, todas las moléculas de su cuerpo podrían entrar en combustión. Había estado colada en secreto por Percy desde que tenían doce años. El verano anterior se había enamorado locamente de él. Habían sido una pareja feliz durante cuatro meses… y luego él había desaparecido.
Durante su separación, las emociones de Annabeth habían experimentado un cambio. Se habían vuelto de una intensidad dolorosa, como si se hubiera visto obligada a dejar una medicina capaz de salvarle la vida. En ese momento no sabía qué era más insoportable: si vivir con aquella horrible ausencia o volver a estar con él.

La pretora Reyna se enderezó. Con visible reticencia, se volvió hacia Jason.
—Jason Grace, mi antiguo compañero… —Pronunció la palabra «compañero» como si fuera peligrosa—. Bienvenido a tu hogar. Con tus amigos…

No era lo que Annabeth pretendía, pero se abalanzó hacia delante. Percy corrió hacia ella al mismo tiempo. La multitud se puso tensa. Algunos alargaron las manos para coger unas espadas que no llevaban encima.

Percy la rodeó con los brazos. Se besaron y, por un momento, no importó nada más. Un asteroide podría haber chocado contra la Tierra y haber exterminado toda forma de vida, y a Annabeth le habría dado igual.
Percy olía a aire de mar. Sus labios estaban salados.
«Cerebro de alga», pensó, aturdida.
Percy se apartó y escrutó su rostro.
—Dioses, nunca pensé que…
Annabeth le agarró la muñeca y lo lanzó por encima de su hombro. Percy se estrelló contra la calzada de piedra. Los romanos chillaron. Algunos avanzaron a toda prisa, pero Reyna gritó:
—¡Alto! ¡Retiraos!
Annabeth colocó la rodilla sobre el pecho de Percy. Le presionó la garganta con el antebrazo. Le daba igual lo que pensaran los romanos. Un nudo de ira abrasador estalló en su pecho: un tumor de preocupación y amargura con el que había estado cargando desde el otoño anterior.
—Como me vuelvas a dejar —dijo, notando un picor en los ojos—, juro por todos los dioses…
Percy tuvo el valor de reírse. De repente, el nudo de acaloradas emociones se derritió en el interior de Annabeth.
—Me doy por avisado —dijo Percy—. Yo también te he echado de menos.
Annabeth se puso en pie y le ayudó a levantarse. Anhelaba desesperadamente volver a besarlo, pero logró contenerse.
Jason se aclaró la garganta.
—Bueno… Me alegro de haber vuelto.
Presentó a Reyna a Piper, quien estaba un poco disgustada porque no había tenido ocasión de pronunciar las frases que había estado ensayando, y luego a Leo, quien sonrió e hizo el símbolo de la paz.

—Y esta es Annabeth —dijo Jason—. Normalmente no va por ahí haciendo llaves de yudo.
A Reyna le brillaban los ojos.
—¿Seguro que no eres romana, Annabeth? ¿O amazona?
Annabeth no sabía si eso era un cumplido, pero le tendió la mano.
—Solo ataco de esa forma a mi novio —prometió—. Encantada de conocerte.
Reyna le estrechó con firmeza la mano.
—Parece que tenemos mucho de que hablar. ¡Centuriones!

Unos cuantos campistas romanos avanzaron a toda prisa: aparentemente, los oficiales de mayor rango. Dos chicos aparecieron al lado de Percy, eran los mismos que Annabeth había visto antes andando amigablemente con él. El joven asiático robusto con el corte de pelo militar debía de tener unos quince años. Tenía el atractivo de un oso panda cariñoso y grandote. La chica era más pequeña, de unos trece años, con los ojos ambarinos, la piel color chocolate y el cabello largo y rizado. Llevaba su yelmo de la caballería debajo del brazo.
Annabeth advirtió por su lenguaje corporal que se sentían unidos a Percy. Permanecían a su lado en actitud protectora, como si hubieran compartido muchas aventuras. Reprimió un acceso de celos. ¿Era posible que aquella chica…? No. La química que había entre los tres no era de ese tipo. Annabeth se había pasado toda la vida aprendiendo a interpretar a las personas. Era una técnica de supervivencia. Si hubiera tenido que adivinarlo, habría dicho que el grandullón asiático era el novio de la chica, pero sospechaba que no llevaban juntos mucho tiempo.
Había una cosa que no entendía: ¿qué miraba tan fijamente la chica? No paraba de fruncir el entrecejo en dirección a Leo y a Piper, como si reconociera a uno de ellos y el recuerdo le resultara doloroso.
Mientras tanto, Reyna estaba dando órdenes a sus oficiales.
—… decidle a la legión que se retire. Dakota, avisa a los espíritus de la cocina. Diles que preparen un banquete de bienvenida. Y tú, Octavio…
—¿Vas a dejar entrar a estos intrusos en el campamento? —Un chico alto con el cabello rubio lacio avanzó a codazos—. Reyna, los riesgos de seguridad…
—No vamos a llevarlos al campamento, Octavio. —Reyna le lanzó una mirada severa—. Comeremos aquí, en el foro.
—Oh, mucho mejor —masculló Octavio.
Parecía el único que no trataba a Reyna como su superiora, a pesar de que era flaco y pálido y de que por algún motivo llevaba colgados tres osos de peluche del cinturón.
—Quieres que nos relajemos a la sombra de su buque.
—Son nuestros invitados. —Reyna separó claramente cada palabra—. Les daremos la bienvenida y hablaremos con ellos. Como augur del campamento, deberías ofrecer un sacrificio para dar las gracias a los dioses por traer a Jason sano y salvo.
—Buena idea —intervino Percy—. Ve a quemar tus ositos, Octavio.
Pareció que Reyna hacía un esfuerzo por no sonreír.
—Ya conocéis mis órdenes. Idos.
Los oficiales se dispersaron. Octavio lanzó a Percy una mirada de profundo odio. A continuación, echó un vistazo con reservas a Annabeth y se marchó con paso airado.
Percy cogió la mano de Annabeth.
—No te preocupes por Octavio —dijo—. La mayoría de los romanos son buena gente, como Frank, Hazel y Reyna. No nos pasará nada.
     Annabeth se sintió como si alguien le hubiera colocado un paño húmedo sobre el cuello. Volvió a oír aquella risa susurrante, como si la presencia la hubiera seguido desde el barco.
Alzó la vista al Argo II. Su enorme casco de bronce brillaba al sol. Una parte de ella deseaba secuestrar a Percy en el acto, subir a bordo y largarse mientras todavía estuvieran a tiempo.
Seguía teniendo la sensación de que algo iba terriblemente mal. Pero no pensaba arriesgarse a volver a perder a Percy bajo ningún concepto.

—No nos pasará nada —repitió, tratando de creérselo.
—Estupendo —dijo Reyna. Se volvió hacia Jason, y a Annabeth le pareció que sus ojos tenían un brillo ávido—. Hablemos y reunámonos como es debido.